Antropología médica y crisis económica en España

Hace aproximadamente un mes asistí a la conferencia internacional de antropología médica Encounters and engaments que tuvo lugar en la Universidad Rovira i Virgili, en Tarragona. Me gustaría exponer aquí un par de reflexiones sobre la antropología médica que me sobrevinieron durante el congreso. Tienen ver con el posicionamiento de esta disciplina en la actualidad, en la sociedad occidental y, más particularmente, en España. Vaya por delante el hecho de que yo no pertenezco de lleno a esta disciplina y, por tanto, es muy posible que me equivoque en las valoraciones o que no tenga suficiente información y experiencia para hacer una justa evaluación. Estoy casi segura de que estas ideas no tienen nada de novedoso en la disciplina excepto, quizá, por la situación actual de crisis en la que se encuentra España.

La antropología médica se ha posicionado muchas veces de forma crítica respecto a lo que Eduardo Menéndez llamó el “modelo médico hegemónico”. Es decir, la mirada biomédica (que incluso podríamos llamar, en algunos casos, neoliberal) sobre el cuerpo humano y las experiencias de salud y enfermedad de las personas en el sistema de salud que detenta la hegemonía en nuestro país. Este modelo, descrito muy brevemente, se caracteriza por sus concepciones positivistas, ahistóricas y mecanicistas del cuerpo humano, por su afirmación de la salud como normalidad estadística y de la enfermedad como desviación de la norma. Y, sobretodo, se caracteriza por una concepción de la medicina autoritaria, pragmática, tecnocrática y desligada de la experiencia holística y subjetiva de las personas.

Las ponencias a las que asistí durante la conferencia redundaban en estas ideas, demostraban con casos concretos la insuficiencia de los presupuestos y de la práctica de la biomedicina y se mostraban abiertamente críticas con esta situación. No querría generalizar sobre todas las comunicaciones y ponencias del congreso, pues solamente asistí a unas pocas comunicaciones entre las muchísimas que hubo. Esta crítica hacia el actual modelo médico no es una corriente nueva en la antropología médica. Se podría decir que es más bien una actitud, una posición crítica que adoptamos los antropólogos frente a las situaciones que estudiamos. De alguna forma, todos estamos de acuerdo en que el actual modelo de atención médica es insuficiente y, en algunos casos, incluso perjudicial para algunos de sus usuarios.

En uno de los descansos de la conferencia, estuve charlando con un miembro de una asociación que defendía la sanidad pública española. Hablamos sobre los peligros del proceso de privatización que está llevando a cabo el gobierno español y los recortes en los presupuestos de sanidad españoles. Durante los días de la conferencia, asistí a varias conversaciones informales entre diversas personas que criticaban la situación en la que se encuentra la sanidad pública española, y defendían el modelo sanitario español como un ejemplo a seguir. Todas las personas con las que hablé estaban de acuerdo en que el modelo español es (o era) un referente mundial. Las mismas personas, yo incluida, que criticamos el tipo de medicina que se practica en la sanidad pública de este país. Por un lado, criticamos el modelo médico imperante en la sanidad española y, por otro, defendemos el modelo actual de sanidad pública frente a los proyectos de privatización del gobierno. Obviamente, ambas cosas no son completamente contradictorias, pero sí hay cierta ambigüedad en defender un proyecto que, por otro lado, criticamos.

Por supuesto, el ideal velado en este discurso aparentemente contradictorio sería que la sanidad pública (y la privada) pudiera abrirse, por así decirlo, a prácticas y maneras de entender la atención sanitaria que tuvieran más en cuenta la experiencia de las personas con las que trata. Prácticas menos mecanicistas, menos asimétricas, menos tecnocráticas. De hecho, existen este tipo de iniciativas en nuestro país, pero no son, desde luego, mayoritarias.

En este punto confluye otra de las cuestiones que me llamó la atención en el congreso. Excepto en un caso, las ponencias a las que asistí trataban de proyectos de antropología médica en que los investigadores trabajaban, o bien solos, o bien en grupos de antropólogos. “¿Tú trabajas con médicos?” me preguntaron algunas personas, sorprendidas. Parece que muchos antropólogos de la medicina trabajan dentro de los límites de su propia disciplina. Sus trabajos y sus resultados son expuestos y discutidos dentro de la propia antropología médica. Sus textos se publican en revistas especializadas que leen otros profesionales de las mismas disciplinas o disciplinas afines. Y así, difícilmente llegan a los profesionales sanitarios o a los encargados de elaborar políticas sanitarias. Y, aunque llegaran, si esos profesionales no están directamente involucrados en los proyectos y en el trabajo, difícilmente van a hacer suyos los resultados de las investigaciones y las propuestas, si las hubiera. Por supuesto, esta imagen es una generalización. Ni es siempre así en todas las investigaciones, ni esta cuestión afecta solamente a la antropología médica, sino a muchas otras disciplinas académicas.

En este sentido, me pregunto, ¿cuál es la finalidad del trabajo de esta disciplina? Un planteamiento más interdisciplinar, ¿podría ayudar a transformar algunos aspectos de la atención sanitaria que tanto se critica? Quizá sea una pregunta absolutamente naïf. Pero si en las conversaciones de pasillo todos estamos de acuerdo en la importancia de salvaguardar nuestro sistema público y universal de sanidad, me pregunto si el trabajo de la antropología médica podría ir en esta dirección sin perder el espíritu crítico.

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