El cuerpo envejece: Ageing, Corporeality and Embodiment, de Chris Gilleard y Paul Higgs

Este verano he estado leyendo el libro Ageing, Corporeality and Embodiment, que se editó hace un par de años, y trata sobre cuerpo y envejecimiento. En los estudios sobre cuerpo y también sobre envejecimiento, este es uno de los temas más evitados, con algunas excepciones como este grupo de investigación en el Reino Unido y algunos artículos publicados al respecto (Laliberte Rudman, 2015; Ricart, 20013). Las razones deben ser diversas, pero supongo que el hecho de que el cuerpo mayor resuene con ideas como fragilidad, enfermedad o discapacidad debe de ser una de las principales.

Los autores del libro se centran básicamente en explicar la historia del cuerpo en las sociedades occidentales (es decir, simplemente en Estados Unidos), haciendo un resumen histórico de las nociones del cuerpo en la pre-modernidad, en la modernidad y en la segunda modernidad. Según los autores, los diversos movimientos sociales que se dieron en los años 60 del siglo XX, como el feminismo, el Black Power, los movimientos queer o el de la diversidad funcional, ayudaron a crear una nueva sensibilidad social hacia las diferencias corporales y hacia (nuevas) identidades corporales que pueden servir, ahora que esas generaciones se han hecho mayores, para pensar de otra manera el envejecimiento y el cuerpo.

El texto se inspira en autores como Judith Butler o Deleuze y Guattari para proponer equiparar la performatividad de género o raza, por ejemplo, con una cierta “performatividad de edad”. La cuestión clave de esta propuesta es que los autores entienden que, actualmente, cualquier movimiento social ha sido subsumido por la cultura neoliberal del consumo masivo y, así, cualquier identidad es una identidad cuya agencia se ejerce a través del consumo. De esta forma, ese “nuevo paradigma del envejecimiento” a través de la performatividad se acerca peligrosamente al “active ageing” y trata, básicamente, del uso y consumo de cosméticos, ropa, medicamentos y cirugía plástica para no parecer mayor, privilegiando así las nociones de belleza, placer, autonomía y salud asociadas a la juventud. En ningún momento los autores ponen en duda la equivalencia culturalmente establecida entre salud, belleza y juventud, como si los cuerpos que envejecen sin apelar a la cosmética y la cirugía no pudieran ser bellos ni sanos. Por otro lado, tampoco reflexionan sobre los conceptos de “identidad”, “performatividad” o “agencia”, y los dan simplemente por sentados.

Los autores entienden que la autonomía, la auto-expresión y el placer del cuerpo mayor se dan a través del consumo y de la elección de un “estilo de vida” particular que corresponde a un afán por no parecer mayor. A esto lo llaman “prácticas de libertad”, siguiendo los últimos trabajos de Foucault (1994). Este punto de vista, aunque me parece peligroso porque ignora otras muchas maneras de abordar el cuerpo y privilegia la idea de “no parecer mayor”, es interesante porque plantea una paradoja. Las prácticas y tecnologías de las que trata el texto –fitness, cosmética, moda, medicina rejuvenecedora­– se alinean con la idea neoliberal de traspasar la responsabilidad de la salud pública al ciudadano y dejar que sea éste quien se responsabilice por su propio bienestar amoldándose a aquello que está en sintonía con lo socialmente correcto. En nuestro país, por ejemplo, vemos muy a menudo campañas que promueven el “envejecimiento activo”. Aún así, es cierto que una parte de la población mayor sigue esas prácticas para no parecer mayor, seguramente porque la vejez al desnudo está culturalmente mal vista en nuestras sociedades. Y, sin embargo, muchas personas –mayores o no­– encuentran verdadero placer en amoldarse a los estándares sociales del cuerpo bello. Entonces, ¿hasta qué punto se pueden tachar estas prácticas de alienación neoliberal? es una pregunta que me hago muy a menudo a raíz de la conformación personal a los estándares sociales de belleza. Y es una pregunta a la que, todavía, no he logrado hallar una respuesta satisfactoria. Quizá no la hay. Quizá sea la pregunta equivocada.

Casualmente, mi amiga Raquel me ha mandado estos días el siguiente video de la cómica norteamericana Amy Schumer, titulado «Last Fkable Day». Parece que estas actrices no performan la edad, la juventud y la belleza precisamente por placer y orgullo personal, sino más bien por oligación social y laboral. Y precisamente son ellas, las actrices mediáticas, quienes sirven de modelos sociales para la población (femenina) en general. Obviamente, no todo el mundo se siente igual respecto a su cuerpo y al paso del tiempo.

 

Bibliografía citada:

Foucault, M. (1994). The Ethic of Care for the Self as a Practice of Freedom: An Interview with Michel Foucault. En The Final Foucault, editado por James Bernauer and David Rasmussen, 1–20. Cambridge: MIT Press.

Gilleard, C., & Higgs, P. (2013). Ageing, corporeality and embodiment. London: Anthem Press.

Laliberte Rudman, D. (2015). Embodying positive aging and neoliberal rationality: Talking about the aging body within narratives of retirement. Journal of Aging Studies, 34, 10–20.

Ricart, E. (20013). From Being to Ontogenetic Becoming: Commentary on Analytics of the Aging Body Ender Ricart, University of Chicago | Association for Anthropology and Gerontology. Anthropology & Aging Quarterly, 34(3), 52–60.